Tomada de la revista digital ETHIC

Nuestras urbes corren el riesgo de sufrir los efectos más intensos del cambio climático. Adaptarlas para el futuro es clave para afrontar tanto las consecuencias climáticas locales como para frenar la crisis ambiental a nivel global.

01 JUL 2021   

climas extremos

Santiago Alfonso

@alfonso_fsm

Las noticias sobre eventos climáticos extremos en cualquier rincón del mundo, sin diferenciar países o continentes, ocupan rutinariamente la parrilla informativa. En los últimos días, la comunidad internacional era testigo de la asfixiante ‘cúpula de calor’ que envolvía Canadá y el noroeste de Estados Unidos y disparaba los termómetros de algunas zonas, concretamente la localidad canadiense de Lytton, hasta los 46 grados centígrados. Una ola de calor sin precedentes que ha puesto sobre alerta incluso a la Casa Blanca, dado el gran riesgo de incendios forestales que surge de la conjunción de estas altas temperaturas y una creciente sequía.

La comunidad científica no deja de advertir que el calentamiento del planeta está derivando en olas de calor más tempranas e intensas. El episodio en América del Norte ya se ha cobrado cinco muertos en Estados Unidos y 233 en Canadá y ha obligado a los gobiernos locales a cerrar escuelas, oficinas y centros urbanos como medida preventiva. Mientras, en España, se espera otro verano más cálido de lo normal, lo que también obligará a tomar medidas en las grandes ciudades para minimizar los efectos –en la memoria colectiva está la imagen de una Madrid colapsada por el temporal de Filomena el pasado mes de enero–.

Los niveles de adaptación actuales de nuestras ciudades no responden a los riesgos climáticos

Teniendo en cuenta que la mitad de la población mundial habita los entornos urbanos, se hace esencial replantear el papel que estos jugarán en los efectos provocados por el cambio climático ya que son simultáneamente el problema –emiten el 80% de gases de efecto invernadero–, la víctima –serán las más afectadas por el cambio climático– y solución –pueden ser más sostenibles y, a la vez, protegerse de los impactos ambientales que están por venir–.

Pero ¿cómo pueden convertirse en este escenario de cambio? Recurrir tanto a medidas preventivas como adaptativas es necesario para que las ciudades sigan siendo habitables. Y, de momento, no estamos haciendo lo suficiente. El Panel Internacional de Expertos sobre Cambio Climático ha sido muy claro en su último informe: los niveles actuales de adaptación son inadecuados para dar respuesta a los riesgos planteados por la crisis climática. No son pocas las advertencias de la organización, que hace hincapié en los devastadores números de personas que verán sus hogares y ciudades inhabitables.

Los expertos estiman que, para 2050, las ciudades costeras representarán el mayor riesgo para cientos de millones de personas a medida que las inundaciones y tormentas se multipliquen. En el otro lado de los efectos del cambio climático, 350 millones de habitantes en áreas urbanas estarán expuestos a la escasez de agua provocada por las sequías. Todo esto a pesar de que mantengamos el conocido límite de 1.5 grados –si el incremento llega a ser de 2 grados, la cifra alcanzará los 410 millones de víctimas–.

En Tokio, ya se estudia cómo las altas temperaturas de este verano pueden afectar a los atletas de las Olimpiadas

Los impactos, además, serán graves en climas húmedos y cálidos. Y es que la humedad en las ciudades ya es un factor clave a la hora de combatir el cambio climático. El ejemplo más reciente lo encontramos en Tokio, anfitrión de unas Olimpiadas más calurosas y húmedas. En este contexto, los científicos ya estudian cómo pueden afectar estas condiciones climáticas a los atletas y barajan la posibilidad de cambiar la sede de ciertas pruebas olímpicas, como el maratón.

Pero cada ciudad es compleja en su propio ser y necesita adaptaciones ajustadas a sus condicionantes (grado de urbanización, densidad poblacional, tipo de clima, etc) y a sus posibilidades. Hay medidas generalizables que pueden contribuir a su adaptación alrededor del mundo, y estas suelen formar parte de los últimos intentos de las administraciones para generar cambio. Una de las más importantes –y hasta hace poco olvidada– es la participación pública, ciudadana y privada, que fomenta modelos de gobernanza mucho más responsables con el territorio al observar las necesidades reales de los habitantes en los sectores responsables de emisiones, como la movilidad, para fomentar una transformación más sostenible (por ejemplo, la movilidad blanda: caminar y moverse en bicicleta o vehículos no motorizados; o una mejora del transporte público). En España contamos con el ejemplo de Pontevedra, que se  ha convertido en un referente a través de la rearticulación de la ciudad para que esta sea más amable con el peatón.

Otro ámbito que debemos observar –mucho más amplio y complejo– es el de la destrucción de ecosistemas como marismas y humedales, cuya naturaleza sirve como barrera natural contra riadas, además de prevenir tormentas violentas por su influencia en el clima. Así, la urbanización de estos ecosistemas los desprovee de sus características propias y obliga a tomar medidas protectoras, como la colosal barrera construida en el Támesis para reducir la posibilidad de inundación de Londres o el proyecto que quiere «cerrar el mar del Norte» y así proteger a 25 millones de europeos de futuras inundaciones.

El cambio climático también afecta a comunidades como los Inuit, que confían parte de su supervivencia en el viento y los ecosistemas

En el otro lado nos encontramos con aquellas urbes que sufren las consecuencias de la desertificación. En el sur de España, por ejemplo, es inminente: la mayoría de los estudios concuerdan en que, si no se toman medidas inmediatas, el sur ibérico podría convertirse en un desierto. Los expertos ya miran a proyectos como los de Australia que, frente al mismo problema, ha instalado gigantescas desalinizadoras como la de la ciudad de Melbourne, capaz de extraer de forma sostenible 440 millones de litros de agua –unas 16 piscinas olímpicas– potable al día. De cara a la habitabilidad, también fundamental, cada vez tienen más presencia los techos verdes o los jardines verticales, capaces de aliviar los efectos de ‘isla de calor’ de muchas grandes urbes, mejorando tanto el interior de las viviendas como en la calle. No obstante, poco se podrá hacer con estas soluciones si no se lleva a cabo un reposicionamiento de la mirada. «Necesitamos un cambio que opere sobre procesos y comportamientos a todos los niveles: individual, comunitario, empresarial, institucional y político», advierte el IPCC. «Hay que redefinir nuestro modo de vida y consumo».

Y es que el cambio climático, al igual que el resto de las amenazas de origen antrópico, no tiene el mismo impacto sobre todas las comunidades: las poblaciones del Ártico se enfrentan a la desaparición de sus asentamientos y a la muerte del ecosistema sobre el que se sostiene. Además, las ciudades construidas para resistir en el permafrost ven cómo el deshielo les obliga a buscar soluciones a problemas que hace unas décadas eran impensables. Por ejemplo, los Inuit ya han advertido de que los cambios en los patrones del viento y de las nubes los han sido de tal magnitud que han afectado a sus tradiciones y métodos de supervivencia, como la habilidad para predecir el tiempo.

Adaptar nuestras ciudades no es solo una cuestión urbana o política, también es vulnerabilidad, protección y valorización de la vida. Es un reto inaplazable que necesita de decisiones conjuntas y un conocimiento global desde el que generar ideas clave que se adapten a cada población, a cada ciudad, y que, en consecuencia, transformen el mundo.